I'm Batman
viernes, 9 de agosto de 2013
Vuelve.
Vuelve. Hace semanas que te fuiste y todo ha ido a peor. Sigo teniendo en mi mente la imagen constante de tu risa, esa risa sonora que tanto me gusta. Sí. Abres mucho la boca y pones una extraña mueca que me enciende. Me apasiona el oírte reír, poder verte disfrutar, y sí, no es cuando más favorecido estás, pero es cuando más real te veo. Cada vez que lo imagino, casi te siento a mi lado, casi puedo percibir el olor de tu champú, el tacto áspero de tus manos enormes al lado de las mías, casi puedo sentir que me miras. Pero todo eso es producto de mi mente, pues tú no estás y me duele, me duele muchísimo.
Carpe diem.
No es el amor lo que lo destruye todo, no es la guerra. Es el tiempo. El tiempo... es el encargado de consumirlo todo, es el que coge las cosas y las destroza, poco a poco. Las maneja como quiere y las hace desaparecer cuando quiere, dependemos del tiempo, somos cuestión de tiempo.
El tiempo te irá consumiendo, se llevará tu energía y te deteriorará paulatinamente.
Por eso, has de aprovechar el momento, no dejarlo pasar, porque entonces, entonces no volverá jamás. El tiempo no vuelve nunca, y no puedes malgastar el poco que se te concede. No puedes.
sábado, 6 de abril de 2013
Sin título
Respirar hondo y sentir que no sólo se te llenan los pulmones, sino también el alma. Los latidos de tu corazón aceleran el ritmo, y no sabes expresar más que una sonrisa. Le ves acercándose a ti, lentamente y te devuelve la sonrisa. Vuestras manos se chocan un segundo, pero es lo suficiente como para que ese mínimo contacto físico te parezca brutal. Te sientes como si estuvieses escuchando tu canción favorita, como si de pronto todo tu mundo se hubiese desvanecido y sólo estáis los dos, como si además de respirar oxígeno le respirases a él. Y es incomprensible, te prometiste que no volvería a pasar, que no volverías a enamorarte para no sufrir más. Pero es imposible, y lo lamentas, lo lamentas con todas tus fuerzas, pero no puedes hacer nada, no puedes impedírtelo.
El juego de la vida
Hay veces que no entiendo este mundo, veces que me escaparía al mundo de los cuentos que me contaba mi padre cada noche. Ese mundo donde el malo perdía y el bueno ganaba, y no al revés. Donde no había pérdidas de gente querida, no había crisis, no había ningún tipo de contaminación. Lo único que había era paisajes increíbles, mujeres y hombres sin complejos con un aspecto físico similar al de un dios. Todos eran generosos y no había pobreza. Me escaparía por la madriguera de Alicia al País de las Maravillas y conocería a un sombrero loco, a un gato extraño y a montones de personajes excéntricos, pero sin preocupaciones.
Pero esa vida sería un engaño. Los cuentos mentían, los libros mienten. No puede acabar todo bien, porque por cada persona que gana, hay un mínimo de una que pierde. Y es que no se puede ganar siempre, como nos hacen creer. Nos hacen creer que todo es sencillo, sin complicaciones, cuando es mentira. Y al crecer, como estamos acostumbrados a que todo sea fácil, surgen los obstáculos y no podemos evitar derrumbarnos las primeras veces. Pensamos que este mundo es demasiado difícil y no queremos seguir adelante. Queremos abandonar todo esto y volver al pasado, ese pasado llamado infancia, donde todo era un juego.
La vida en el fondo lo es. Pero hay gente a la que se le da mejor. Hay gente a la que simplemente le aburre. Y hay gente que lo único que quiere hacer es dejar de jugar.
Pero esa vida sería un engaño. Los cuentos mentían, los libros mienten. No puede acabar todo bien, porque por cada persona que gana, hay un mínimo de una que pierde. Y es que no se puede ganar siempre, como nos hacen creer. Nos hacen creer que todo es sencillo, sin complicaciones, cuando es mentira. Y al crecer, como estamos acostumbrados a que todo sea fácil, surgen los obstáculos y no podemos evitar derrumbarnos las primeras veces. Pensamos que este mundo es demasiado difícil y no queremos seguir adelante. Queremos abandonar todo esto y volver al pasado, ese pasado llamado infancia, donde todo era un juego.
La vida en el fondo lo es. Pero hay gente a la que se le da mejor. Hay gente a la que simplemente le aburre. Y hay gente que lo único que quiere hacer es dejar de jugar.
sábado, 16 de marzo de 2013
Ése error.
El momento en que tu corazón se detiene unos segundos y tu respiración se agita, cuando sólo sabes resignarte mirando al infinito y sientes el gélido aliento de la desdicha en la nuca, mientras un desagradable cosquilleo llega desde tu garganta hasta tu estómago y te impide tragar. Sabes que tu vida va a cambiar por completo, nunca jamás volverás a ver a la persona que perdiste, no como era. Notas una punzada de dolor en la tripa, pero lo que más te duele es el orgullo. Lo que te duele es haberte atrevido a saltar del precipicio para caer al mar arriesgando tanto, creyendo que encontrarías un bonito mundo marino, pero encuentras rocas afiladas que te hacen daño y te impiden seguir adelante, haciendo que lamentes tu decisión. Te provocan heridas que al mirarlas te recuerdan tu error. Ese tremendo error que ojalá jamás hubiese ocurrido.
domingo, 3 de marzo de 2013
Confesiones de un acusado.
Si soy sincera desde hace una semana siento unos ojos clavados en mi espalda. Pero me daba la vuelta, y esos ojos no estaban. Hasta que un día por la noche, dos o tres de madrugada me desperté sin explicación aparente muy sobresaltada. Pero no había tenido ninguna pesadilla, ni ningún sueño, era una de esas noches que duermes tan proofundamente que no sueñas. Juraría por mi cordura que unos ojos amarillos me observaban. Los ojos más curiosos que hubiese visto nunca, y un segundo después de haberlos visto, se desvanecieron. La noche siguiente, luché por no dormirme, pero fingí que sí que lo estaba, a eso de medianoche levanté la cabeza de la almohada, pero ya no estaban.
Un día después, intenté hacer el mismo experimento, pero caí dormida. Y, a eso de las dos o tres de madrugada me desperté sin explicación aparente sobresaltada. Volví a ver aquellos curiosos ojos, pero no desaparecían. Me daba pánico moverme, sus pupilas se clavaban con fuerza en las mías y sentí la necesidad de saber quién era aquel de tan curiosos ojos. Le di un golpe rápido al interruptor de al lado de mi cama, y no sabéis cuál fue mi sorpresa al ver a un completo desconocido, alzando un cuchillo sobre su cabeza y con expresión furiosa. Aquel hombre quería matarme, o eso pensaba yo. Pero no, la dirección del cuchillo fue hasta su cuello. Cayó desplomado al suelo de mi habitación. Lo creáis o no, mi primera reacción, no fue llamar a nadie. Estaba cansado, y decidí dormir. Sí, con un cadáver de mi cuarto, no sé cómo fui capaz, pero lo hice. Y desperté a mediodía de la mañana siguiente. Mi habitación tenía un olor putrefacto y ustedes, la policía, llamaba a mi puerta. Abrí con expresión tranquila y no tuve ningún problema en enseñarles el cuerpo del muerto. Jamás pensé que me inculparían a mí, pero al parecer, mis huellas estaban por todo el cuchillo, porque era de mi cocina, con el que unto mantequilla en el pan cada mañana. Su teoría era que yo intenté acuchillarle una vez, él hombre misterioso frenó el golpe y por eso sus huellas estaban también en el cuchillo, y la segunda cuchillada, acerté y murió al instante. Bien, ya han escuchado la verdad. Aunque sé que no me creerán y tendré que volver a esa sucia y putrefacta celda.
¿Feliz?
Debajo del agua, o del chorro de la ducha, me siento mejor que en cualquier momento. Me olvido de todo, y me concentro en oír caer el agua sobre mi cabeza, cerrar los ojos y no moverme nada. No pensar durante un instante, desconectar del mundo exterior. Ojalá ese momento fuese infinito, porque sería feliz.
Pero, no puede ser, porque para ser feliz, feliz de verdad, hay que haber sufrido previamente. Hay que haberse pasado una noche sin dormir estudiando para que el 8 o el 9 sea realmente satisfactorio, hay que haber pasado horas caminando sediento por una montaña para disfrutar una Coca-Cola, hay que estar echar de menos a alguien para alegrarte de verdad al verle. Si nos acostumbramos a algo, deja de hacernos felices, o por lo menos no en el mismo grado en que lo hacían.
Pero, no puede ser, porque para ser feliz, feliz de verdad, hay que haber sufrido previamente. Hay que haberse pasado una noche sin dormir estudiando para que el 8 o el 9 sea realmente satisfactorio, hay que haber pasado horas caminando sediento por una montaña para disfrutar una Coca-Cola, hay que estar echar de menos a alguien para alegrarte de verdad al verle. Si nos acostumbramos a algo, deja de hacernos felices, o por lo menos no en el mismo grado en que lo hacían.
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