Debajo del agua, o del chorro de la ducha, me siento mejor que en cualquier momento. Me olvido de todo, y me concentro en oír caer el agua sobre mi cabeza, cerrar los ojos y no moverme nada. No pensar durante un instante, desconectar del mundo exterior. Ojalá ese momento fuese infinito, porque sería feliz.
Pero, no puede ser, porque para ser feliz, feliz de verdad, hay que haber sufrido previamente. Hay que haberse pasado una noche sin dormir estudiando para que el 8 o el 9 sea realmente satisfactorio, hay que haber pasado horas caminando sediento por una montaña para disfrutar una Coca-Cola, hay que estar echar de menos a alguien para alegrarte de verdad al verle. Si nos acostumbramos a algo, deja de hacernos felices, o por lo menos no en el mismo grado en que lo hacían.
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